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El puente romano de Mérida

El puente romano de Mérida

Con más de dos mil años de historia, se encuentra en una zona céntrica de la ciudad, justo al lado de otro vestigio histórico de la ciudad como es la Alcazaba árabe. Repasamos sus aspectos esenciales para descubrir algo más de esta construcción que forma parte del Conjunto Arqueológico de Mérida, por lo que está declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1993.
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El puente romano de Mérida

Augusta Emerita en el 25 a.C. se convirtió en el más importante centro neurálgico de comunicaciones del oeste de la península ibérica. Además, la ciudad era parte fundamental de la calzada de la Vía de la Plata, que cruzaba Hispania de norte a sur por el oeste y los caminos que se dirigían a Lisboa (Olissipo), Córdoba (Corduba), Toledo (Toletum) o Zaragoza (Caesaraugusta).

La construcción del puente data de la época de Augusto, aunque ha sufrido cambios y modificaciones a lo largo de los siglos. El puente se levantó al mismo tiempo que se fundaba la colonia y el lugar escogido es un tramo poco profundo del río en el que su ancho cauce queda dividido en dos por una isla natural y cuyo lecho está compuesto por formaciones de dioritas, una roca plutónica, que crean un sólido fundamento.

El puente mide en la actualidad 792 m y tiene 12 m de altura sobre el nivel medio del agua. Su perfil actual ligeramente giboso no era así en origen, pues es resultado de las sucesivas destrucciones y reconstrucciones, así como del hundimiento del lecho del río en los dos últimos milenios. Pese a todo, sigue siendo una magna obra que atestigua la ambición de la ingeniería romana.​ El puente soportó el paso del tráfico rodado durante casi toda su historia, pero pasó a ser exclusivamente peatonal el 10 de diciembre de 1991, día en que se inauguró el puente Lusitania.

Puente romano de Mérida.

El puente romano de Mérida consta de tres tramos bien diferenciados. El primero, desde la ciudad hasta el primer descendedero aguas arriba, que se llama del Humilladero; el segundo hasta el descendedero de San Antonio, que se sitúa del mismo modo, y el tercero hasta el final del puente.

El primer tramo corresponde a los diez arcos iniciales y es el que ha sufrido menos remodelaciones y por tanto conserva una mayor originalidad. Sus pilas son cuadradas y los tímpanos están perforados por pequeños arcos de medio punto que actúan como aliviaderos. Las luces de los arcos decrecen en simetría en todo el tramo y la anchura de las pilas es considerable, algo muy característico de las obras romanas del arranque imperial.

El segundo tramo, que abarca el centro del cauce del río, ha sido el más expuesto al desgaste natural del río y a la destrucción por parte del hombre. Se conocen reparaciones en época visigoda e intervenciones en el periodo musulmán, además de realizarse reconstrucciones y obras en los siglos XIII, XV y XIX. Una de las incidencias más interesantes de la historia del puente es la que se produce tras la guerra de la Independencia Española, momento en que se destruyen varios arcos para impedir el cruce de las tropas Napoleónicas.

El tercer tramo, aunque parcialmente remozado, conserva gran parte de la obra original. Es una zona que se eleva sobre una orilla que casi nunca resulta inundada debido al escaso caudal habitual del Guadiana, por lo que prescinde de los aliviaderos. Comparte con el tramo inicial sillares almohadillados y proporciones similares en arcos y pilas. Se sabe que en época imperial el puente tuvo más de un arco y una puerta de entrada a la ciudad en su primer tramo, cuyo aspecto conocemos porque aparece en numerosas monedas romanas acuñadas en la colonia y que en la actualidad es el motivo central del escudo de la ciudad.

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